Adiós princesa

Un relat de: hi ha infinits més grans que altres
Estuve en aquel lugar tan inhóspito durante horas, pensando, recapacitando. No podía hacer nada para recuperarla. Lo había perdido todo en un abrir y cerrar de ojos. Se desvaneció entre la multitud, sin que yo pudiera reclamarle lo que se estaba llevando con ella: toda mi vida.
No hay nada como esas ganas de verla, de sentirla a mi lado, oír su delicada voz... Se llamaba Ruth, Ruth Stevens. Era una chica de 17 años, con el cabello castaño, largo y liso. Sus ojos eran azules, preciosos. Era una chica estudiosa y muy buena persona, para mí: ideal. Pasamos todo el verano navegando en un mar sin rumbo, persiguiéndonos sin saber por qué. Pero siempre recordaré ese estúpido día, el típico que nunca podrás olvidar. Vamos a empezar desde el principio:
Estábamos en una mañana de verano. Desperté en la playa, junto a Ruth. Me encontraba abrazándola, ella aún dormía.
-¡Buenos días, princesa!-le dije cuando se despertó.
-¡Buenos días!-dijo besándome, sus labios eran cálidos y delicados-Oye, mis padres ayer me llamaron diciéndome que querían hablar con nosotros, así que esta noche podemos pasarnos y así cenamos con ellos. La verdad es que me tienen un poco preocupada.
-No tienes por qué preocuparte-le dije acariciándole el cabello-Seguro que están planeando la manera de matarte, destruirte. Tal vez acabaran abandonándote en el bosque o algo así…-respondí con un toque de ironía.
-¡Para!-me gritó mientras me empujaba-Siempre haces lo mismo, eres como un niño pequeño. ¿Te lo puedes tomar en serio por una vez? Presiento que algo malo pasará.
-Tranquila cariño, seguro que no es nada que deba preocuparnos-dije con delicadeza, abrazándola.
Pero ojalá hubiera aprovechado más el tiempo…Ese día no nos volvimos a ver hasta la noche, en casa de sus padres. Llamé a la puerta y me recibieron perfectamente, cómo siempre. Para cenar había ensalada y chuletas de cerdo, recuerdo que todo estaba buenísimo. Yo me encontraba al lado de ella, enfrente tenía a su hermano pequeño. Sus padres estaban sentados en los extremos de la mesa, uno a cada lado con una expresión seria. Noté que nos ocultaban algo al ver que se hacían miradas discretas y misteriosas. Ruth estaba preocupada, se le notaba al hablar, le temblaban los labios. Pero al fin les preguntó qué pasaba. A ellos les costó responder, pero lo soltaron sin pensárselo más. Dijeron que ellos, junto a Ruth y su hermano pequeño, se tenían que ir de ese pueblo, más bien dicho: se tenían que ir a Australia, al otro lado del mundo por cuestiones de trabajo. En ese mismo instante, Ruth, se levanta de la mesa, y sale de la casa corriendo desesperadamente. Yo, después de incorporarme en el mundo real y aceptar lo que nos estaba pasando, salgo detrás de ella. A mí me había afectado tanto como a ella.
Minutos después me llamó, estaba en Mali, la playa donde nos conocimos. Era una playa muy conocida en nuestro pueblo. Su arena era blanquísima y el agua muy transparente. Me la encontré tumbada en la arena, sola, a oscuras. Sus ojos, llenos de lágrimas, reflejaban el cielo estrellado. Sin hablarnos, solo con una mirada ya sabíamos lo que queríamos: silencio, unos minutos de silencio para pensar. Pasaron minutos, hasta que me dijo, bien convencida:
-Escucha, sé que mis padres quieren que me vaya con ellos, pero no lo permitiré.
Yo no sabía que decir, así que me limité a cogerla de la mano. Evitamos el tema y seguimos hablando durante horas, paseando por la orilla del mar, por el pueblo y por los parques. Lo mejor que podíamos hacer en aquellos instantes era pasar el máximo tiempo juntos, ya que al cabo de dos semanas ya no nos volveríamos a ver. Al llegar a su casa, todos ya estaban durmiendo, las luces estaban apagadas, y nosotros allí, en el portal. Estábamos de pie, despidiéndonos y haciendo planes para las últimas semanas.
Esas dos primeras semanas de Agosto fueron inolvidables, desde los helados de vainilla hasta el viaje en globo. Los días se nos pasaban volando, sin darnos cuenta de que cada vez faltaba menos para tener que despedirnos definitivamente. Pero ese día, tarde o temprano tenía que llegar, y así fue. Fui a su casa a primera hora de la mañana pensando que aún no se habría ido, pero todo estaba cerrado y el coche ya no estaba. La llamé con la esperanza de que me contestara y me dijese que estaban en el pueblo, pero no fue así ya que no me contesto. Sin pensármelo cogí el primer tren que había y fui hasta el aeropuerto.
Llegué allí unos veinte minutos más tarde, estaba inundado de personas de todo tipo, pero ninguna era Ruth. Buscaba desesperadamente entre la multitud, sin saber demasiado bien lo que buscaba hasta que la vi, era ella. Ruth estaba sentada en unas sillas que había en el fondo de la sala, yo no me podía mover, estaba paralizado. Me vio y se levantó inmediatamente, sin pensárselo más vino corriendo hacia mí. Cuando la tuve entre mis brazos supe la falta que me hacía y la que me haría cuando se fuese. Ninguno de los dos sabía qué decir en ese preciso momento, así que nos quedamos en silencio, abrazados, aprovechando los últimos minutos que nos quedaban. Cuando aparecieron sus padres y su hermano, le dijeron a Ruth que ya tenían que irse, así que le susurré al oído:
-Adiós, princesa…

Comentaris

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